1. 22 de junio, 1941

 

Carmen de los Llanos:

El 22 de junio de 1941 me disponía a partir, como todos los de la Casa 8, para las vacaciones de verano en Sestroretsk, un balneario en la orilla del Mar Báltico. El día anterior habíamos paseado hasta muy tarde, nos sentíamos adultas, libres… acababa de cumplir 17 años y tenía toda la vida por delante. ¡Aún no he olvidado aquellas noches blancas y el olor a lilas del jardín, debajo de las ventanas!

Mis hermanos, que eran una fuente de preocupaciones para mi desde nuestra partida de España, no estaban en Leningrado: Carlos, de trece años, se recuperaba en un sanatorio cerca de Luga. Virgilio, de 15, descansaba en Artek, como recompensa por su excelente resultado en los estudios.

Muchos años después, nos reunimos los hermanos en Arcachon, una ciudad del sur de Francia. Casi hasta el amanecer, compartíamos recuerdos de la vida en la casa de niños. Carlos dijo: En junio de 1941, escuchamos durante varios días el zumbido de los aviones. Era alarmante: me acordé de Barcelona en 1938, bajo los bombardeos. Pero nos decían que eran maniobras del Ejército Rojo.

El 22 de junio, a las 4 de la madrugada, se añadieron explosiones a los vuelos. Todos salimos corriendo al patio. “Son maniobras”, dijo alguien en ruso.

Cuando los aviones se aproximaron, reconocí las siluetas y el sonido especial de los Junkers. Serenamente, les dije a mis compañeros:

“Ésos son los alemanes”.

¿Qué más recuerdo ese día?

Aquella mañana, todas las muchachas de nuestra habitación dormían más de lo habitual: era el primer domingo de vacaciones. El día anterior hubo tormenta y lluvia fuerte, y Adela (creo que era ella) llegó tarde de su cita, empapada, colgó la blusa en una percha para secarla debajo de la pequeña ventana. La blusa se balanceaba en el aire, como si los rayos del sol la moviesen.

De repente vino alguien corriendo por el pasillo, llamando a las puertas. Entreabrió la nuestra y gritó en ruso: “¡Guerra!” Y continuó corriendo.

El resto del día lo recuerdo en fragmentos. Bajamos a la calle, había gente apiñada alrededor de los altavoces, escuchando por radio el discurso de Molotov. Recuerdo que sentí rabia, pues no lograba entender lo que decía. Mi ansiedad se hizo más intensa, mi corazón comenzó a latir con fuerza.

Recuerdo los rostros de la multitud, tristes, serios. Las niñas decidimos volver a nuestra Casa de la calle Tvérskaya e ir a ver a nuestro profesor, Mariano Cámara. Don Mariano tenía una radio y escuchaba la BBC en español. Siempre estaba al día de las últimas novedades.

En el pasillo, encontramos a todos los muchachos escuchando con la respiración contenida al locutor de Londres. ¡Al amanecer, las tropas alemanas cruzaron la frontera e invadieron el territorio de la URSS!

Alguien dijo: “¡No pasa nada, los boches caerán pronto! ¡El Ejército Rojo los empujará a través de Polonia, liberará a Francia y luego a España! ¿Quién viene conmigo a enrolarse en el ejército? ” Los muchachos estaban muy animados y elegían allí mismo las tropas en que habrían de alistarse. Aunque era domingo, era un día laboral, ya que en aquella época la semana laboral era de seis días. Los chicos acordaron abordar la oficina de reclutamiento al día siguiente, a primera hora.

Escuché a don Mariano decir a alguien: “No te admitirán, aún tienes dieciséis…” No pude ver a quién se dirigía, pero escuché la respuesta: “No hay problema, añadiré un año… ¡o dos!”

¡Qué contraste había entre la reacción animada y viva de nuestros muchachos y el dolor silencioso en los rostros de los leningradenses!

No era de extrañar: éramos niños y niñas de la guerra española. Nuestra patria había sido la primera en entrar en batalla contra el fascismo. En 1937-38 fuimos conducidos de un país devastado por el conflicto a la vida pacífica y ordenada de Leningrado, Moscú, Odessa. Durante meses nos resultó extraño el silencio, la ausencia del aullido de las sirenas.

¡Entre otras cosas, en la URSS se nos enseñaba a creer en el poder del Ejército Rojo! Participábamos en interminables juegos de guerra, escuchábamos los discursos de los líderes militares (tanquistas, pilotos, marineros de la Flota del Báltico) y creímos firmemente que Hitler sería barrido rápidamente del suelo soviético.

… De todos modos, mi cabeza daba vueltas sin parar, entre pensamientos perturbadores. ¿Que pasará ahora?

Por supuesto, la admisión a la Universidad quedaba cancelada para este curso. Con suerte, funcionará el próximo. Menos mal que todas las chicas españolas pudieron realizar cursos de enfermería. Alguien dijo que la Casa 9 quedaría convertida en hospital militar.

Estoy muy preocupada por mi hermanito Carlos. Necesito saber cuándo traerán a su grupo de Luga a Leningrado. En momentos como éste, deberíamos estar juntos… Y eso que nuestra familia lleva mucho tiempo esparcida por el mundo: el teatro de mi madre estaba de gira en Argentina en julio de 1936, al comienzo de la rebelión, y ella aún no pudo regresar a España. Nosotros tres estamos en Leningrado, papá en Moscú. Debería hablar con él. En Moscú acababa de someterse a una nueva operación. Había resultado gravemente herido en la batalla de Brunete y desde entonces cojea. Tras la reclusión en un campo de concentración en la Argelia francesa, su pierna no pudo sanar a tiempo…

Aquella noche no dormimos. Deambulamos por los pasillos, participamos en conversaciones aquí y allá. Las opiniones estaban divididas. Los chicos estaban en un estado de excitación, con ánimo de lucha: ¡Por fin podemos luchar contra el fascismo! Nos quitó nuestra patria, dejó huérfanos a muchos, llevó a Franco al poder y condenó a nuestros padres y madres al exilio.

Pero la ansiedad no abandonaba el corazón.

De repente alguien dijo: “Churchill habla de Rusia, ¡están traduciendo al español!”. Todos volvieron a apiñarse alrededor de la radio, en la habitación de don Mariano, y él la puso a todo volumen.

Churchill respondió a la pregunta que todos nos hacíamos: ¿Cómo puede Alemania violar el tratado de paz con la URSS? Recordamos el impacto de la noticia, en su día, de que Molotov y Ribbentrop habían firmado un acuerdo de cooperación y no agresión; nos explicaron sus beneficios en charlas de información política…

Esa noche, las palabras del Primer Ministro británico nos impresionaron:

“Hitler es un monstruo malvado, insaciable en su sed de sangre y saqueo. No contento con el hecho de que toda Europa esté bajo sus pies, o se vea obligada a obedecer, humillada y con miedo, ahora quiere continuar la matanza y la devastación en las vastas extensiones de Rusia y Asia…”

23 de junio.

Las ventanas están abiertas durante la noche, ha llegado el calor. A las seis de la mañana la radio nos despierta con una marcha. Luego otra marcha; y otra.

Por la mañana la Casa 8 estaba vacía: los muchachos se habían ido a enrolarse en el ejército.

El cielo sobre Leningrado está salpicado de puntos negros estacionarios: son globos de defensa. Pasan destacamentos de voluntarios militares y civiles. Los policías llevan consigo máscaras de gas.

Nos reunieron y nos explicaron los turnos de guardia en los áticos de las casas, donde se habían dispuesto cajas de arena para la extinción de las bombas incendiarias. Dicen que los comestibles se han agotado en las tiendas. Los rusos se habían aprovisionado de alimentos durante los meses de la guerra con Finlandia. Ahora los finlandeses están en guerra con Rusia, del lado de Hitler.

 … Es un día extraño, interminable. La vida anterior – todos lo sabíamos – había acabado abruptamente y para siempre, pero queríamos prolongar ese sentir de comunidad y seguridad dentro de los muros de nuestra querida Casa.

Los chicos estaban felices de poder ir a la guerra: significaba que ya eran mayores, podían vengarse de los nazis por las lágrimas de sus madres. Liberaremos Polonia, Checoslovaquia, Francia… y expulsaremos a Franco de España.

España volverá a ser libre, la República nos abrazará.

¡Volveremos con la victoria! – decían nuestros muchachos. “Los españoles no le tienen miedo a los alemanes, la Legión Cóndor nos bombardeó en Madrid, Valencia, Barcelona.

¡Protegeremos esta hermosa ciudad, Leningrado! “

Los hermanos catalanes Viadiu, Héctor y Armando, chicos extremadamente inteligentes, futuro orgullo de la ciencia española, futuros premios Nobel, entraron en la milicia para defender Leningrado. Bromeaban: “Somos de Kronstadt” pronto se convertirá en “¡Somos de Leningrado!” y también se hará una película sobre ellos…”

De nuevo llegó la época de separaciones y despedidas. Fueron tres años de quietud y paz, pero la guerra nos alcanzó de nuevo en Rusia. La guerra se arrastraba detrás de nosotros desde la Península Ibérica, alcanzándonos en el umbral de nuestra feliz vida adulta. Tres años de paz y tranquilidad que nuestros padres habían conseguido arrebatarle a la guerra. Ellos nos enviaron a Rusia para que pudiéramos crecer, levantar la cabeza, elegir una profesión … e incluso en el caso de algunos de nosotros, enamorarnos. Por las noches sonaba un gramófono, bailábamos hasta las once y media, susurros en las escaleras y brillo en los ojos. Muchos encontraron su primer amor en vísperas de la Gran Guerra Patria…

En la tarde del 23 de junio, resultó que los españoles habían sido rechazados en la oficina central de reclutamiento, ubicada junto a la Casa 8, debido a que sus pasaportes indicaban edad menor de 18 años. Pero los españoles son gente terca. Corría el rumor de que un oficial que había luchado en España estaba trabajando en la oficina de reclutamiento de Vyborg; y además, allí alistaban de acuerdo con el tamaño corporal y la estatura, más que por los documentos. Muchos de los muchachos vascos y asturianos parecían mayores de lo que eran en realidad.

Así que, finalmente, el 26 de junio nuestros voluntarios se incorporaron cada uno a su propia unidad.

Entonces no sabía que estaba viendo a muchos de mis compañeros por última vez.

Carmen

Memoria de Carmen de los Llanos Mas (1924 – 2020)

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